Tomás era un pequeño conejo gris de orejas suaves y mirada curiosa. Vivía con su mamá en una acogedora madriguera, al borde del bosque. Aquella mañana de finales del invierno, al despertar, descubrió que durante la noche había caído una gran nevada. Todo estaba cubierto por un manto blanco y silencioso.
—Hoy iré a buscar moras —pensó Tomás—. Sé lo feliz que se pondrá mamá si se las traigo.
Tomás y su mamá vivían en una aldea especial; allí el tiempo era tan frío, que a finales del verano a veces los días ya eran frescos, y a principios de otoño comenzaba a nevar. Eso hacía posible que las últimas moras de la temporada, las más sabrosas y negras, quedarán congeladas y preservadas bajo la nieve durante el invierno, a la espera de los primeros suspiros de la primavera.
Tomás se abrigó bien y se internó en el bosque. Pero pronto se dio cuenta de que no sería una tarea fácil. Las zarzas estaban ocultas bajo la nieve, y por más que miraba, no encontraba ni rastro de las pequeñas frutas oscuras.
Decidió entonces preguntar a los habitantes del bosque. Primero se cruzó con una ardilla muy atareada, que, sin prestar mucha atención, le señaló un sendero equivocado. Más adelante, un erizo somnoliento le indicó otra dirección… que tampoco era la correcta. Incluso un viejo cuervo, distraído mirando el cielo, le dio indicaciones confusas.
Tomás caminó y caminó, cada vez más cansado y un poco desanimado. El frío comenzaba a calarle y pensó que quizás aquel día no lograría cumplir su deseo. Con paso lento, decidió regresar a casa.
Pero entonces ocurrió algo maravilloso.
El sol de la mañana empezó a calentar con suavidad, y la nieve, poco a poco, comenzó a retirarse de algunos rincones. Justo cuando Tomás pasaba cerca de su madriguera, algo llamó su atención: bajo un arbusto que había visto mil veces, asomaban unas moras brillantes, intactas, muy cerca de casa.
Tomás sonrió. Las había tenido todo el tiempo delante de su nariz.
Recogió las moras con cuidado y corrió feliz a casa. Su mamá lo recibió con un abrazo lleno de orgullo y ternura. Aquella tarde preparó una deliciosa tarta de moras, y juntos disfrutaron de una merienda dulce y tranquila, mientras la nieve seguía cayendo afuera.
